miércoles, 7 de junio de 2017

LA COLECCIÓN DE MUÑECAS



Mónica Marchesky

Isabel tenía que conseguir esa muñeca rusa para la colección. Tenía muñecas de distintas procedencias y lugares. Todas guardando su diferencia; de cerámica, de loza, de papel, de tela. La última que había adquirido era una kokeshi japonesa trabajada en una sola pieza de madera, que le había llevado tiempo conseguirla. Pero aquella matroshka rusa era su último objetivo.
También era de madera pintada como la kokeshi; tenía en su interior otra muñeca la que a su vez en su interior tenía otra, eran tres distintas en una sola. Un día la había visto en el escaparate de la casa de compra-venta de aquel hombre tan desagradable como enigmático que era su propietario.
-No está a la venta -le había dicho- es de colección privada.
Luego de muchos años y al enterarse que el hombre había muerto, fue hasta el centro comercial y de paso entró al local; era atendido ahora por su nieto que era igual de desagradable que el viejo.
No encontró por ningún lado la muñeca rusa, pero el nieto le dijo que él había pedido que lo enterraran con todas sus colecciones, las que habían sido colocadas dentro de la cripta familiar con el cuerpo. Lamentó el hecho de haberlas perdido, porque tenían un valor incalculable para coleccionistas.
-Pero -le dijo-  era la colección privada de mi abuelo.
Isabel no podía dejar que se le escapara la muñeca por capricho de aquel desagradable hombre, entonces esperó la noche, violó la cerradura, encendió una antorcha y al abrir la puerta comprendió la monstruosidad que se ocultaba en aquella cripta.
El féretro estaba allí, la colección se distribuía por todos lados alrededor de él. Buscó en la semioscuridad la muñeca rusa hasta que al fin la encontró.
De pronto, la tapa del féretro comenzó a abrirse y una mano descarnada emergió de entre las sombras, la sangre se le heló al ver que aquello se le acercaba arrastrándose, vio cómo las muñecas tenían los ojos puestos en ella y sintió una pincelada sobre su rostro, gritó sin poder moverse hasta que aquello terminó de maquillar su cara, arreglar sus cabellos y colocarla sentada junto a las otras muñecas.
Aún tenía la matroshka en las manos, eso la tranquilizó, y cerró los ojos. 

domingo, 4 de junio de 2017

SENTIDOS ALTERADOS




Mónica Marchesky
Publicado en Ruido Blanco 5 Cuentos de Ciencia Ficción de autores uruguayos.

Una angustia inexplicable lo atrapó justo en el momento que terminaba el diseño molecular del VR16, un aislante que tenía la cualidad de reconstituirse. El mismo sería utilizado para proteger los parches delanteros de las ruedas de los vehículos, actualmente vandalizados. Tenían un sistema de flotación muy costoso que vendido en el mercado negro, era el negocio de los deslizadores y de ladrones tecnológicos de todo lo que se mantenía suspendido.
Silencio, oscuridad total y el olor a humedad de las paredes de la casa de 25 de Mayo 678, escondido debajo de la cama, las baldosas frías pegándose a su piel. Sabía que ese era el último recuerdo que saltaba antes de ser borrada su memoria inmediata. La utilización de humanos modificados genéticamente era un recurso muy apreciado por las corporaciones que trataban de resguardar sus fórmulas de materiales creados en laboratorio. Cada vez que se llegaba a un nuevo material, más resistente y comercializable, los técnicos que habían estado en el proyecto, debían de pasar por un “puesta a punto”.
Los movimientos que realizaba, eran repelido por minúsculas cucarachas electrónicas que lo mantenían prisionero como en una red. No podía asociar una idea, pero lo dominaba la euforia neurotransmisora de la adrenalina. Un frío de muerte le invadió el cerebro. Ya había pasado por esto otras veces, entonces, abandonó su resistencia y dejó que los pequeños monstruos trabajaran.
En un instante las cucarachas metálicas lo liberaron y se encontró solo, en una habitación muy clara. Los elementos que lo rodeaban, se habían retraído hacia las paredes, piso y techo.
 Las pocas imágenes que habían surgido, se fueron tan rápidamente como llegaron.  Sintió cómo las redes neuronales se comunicaban, tratando de buscarse, de conectarse, de sobrevivir en su cabeza.
Primero fue la asociación de palabras a imágenes, luego el reconocimiento de distintos lenguajes. Sintetizó y comprendió los algoritmos de análisis de fotografías, diagramas y videos, memorizó las técnicas para el despliegue visual de información cuantitativa y estructurada.
En la sala de recuperación encontró su ropa, se miró al espejo de cuerpo entero y si bien conservaba buena musculatura, sus ojos denunciaban cansancio. Luego de vestirse, se colocó la gabardina negra que se le adhería al cuerpo y era su sello distintivo y salió a la noche.
La calle era un mar de coches suspendidos a una altura de un metro sobre el nivel de la vía. Una leve llovizna caía como una cortina impenetrable. Muchas luces de neón abrazaban un crepúsculo azul-rojizo. Algunos coches llevaban “enganchados” por cables a jóvenes en patinetas. Esto era todo un problema para los automovilistas. Las bandas urbanas utilizaban este método para robar el material de las ruedas delanteras de los vehículos, que mantenían el equilibrio. Drive metió las manos en los bolsillos de la gabardina y encontró un plástico holográfico con una invitación a un evento. Rasgos asiáticos le proponían una velada inolvidable en el “Pavo Verde”.
Recordó a Nanette, una prostituta de unos treinta años, como él,  que había conocido hacía algunas noches en un bar. Buscó el luminoso y lo divisó entre un mar de avisos de refrescos energizantes. Un par de gorilas musculosos estaban en la puerta, mostró su invitación y sin mirarlos, entró. El lugar era de una altura incalculable, las gradas se elevaban como escaleras hacia el techo, en forma de cola de pavo real y allá arriba, sobre un pedestal, estaba la mujer, con un vestido blanco ajustado al cuerpo y salpicado de rosas rojas. Un tocado de plumas blancas y verdes, artificiales, coronaban la cabeza castaña de cabellos sueltos hasta la cintura. Toda ella era una especie de muñeca que se mantenía tiesa sobre unos treinta metros. Allá abajo y a su alrededor, la multitud en silencio escuchaba su voz de pájaro herido. Toda la escena bañada en luces difusas, hacía el ambiente irreal, como si los espectadores fueran un cementerio de almas amontonadas y grises a la espera de la salvación. En pocos minutos, la música melancólica, dio paso a un ritmo electrónico y las rosas del vestido, saltaron hacia la multitud. Los hombres comenzaron una lucha por atrapar las rosas ya que en realidad eran la última versión de Nanette que ajustadas a sus relojes electrónicos, los harían vivir una experiencia sexual inolvidable. El emisor transmitía una sola vez y luego se desintegraba, pero valía la pena entrar en una trifulca por un acto sexual virtual con una puta asiática.
Salió nuevamente a la calle, sin su rosa. Los luminosos emitían sonidos en distintas frecuencias. Hombres morenos abrazaban a imberbes adolescentes, promocionando una fragancia de abeja transgénica de color dorado. Seres andróginos y albinos manifestaban con gestos que el salmón de la india era el mejor afrodisíaco. Mujeres latinas, de anchas caderas y enormes senos eran ridiculizadas, como yeguas al matadero, en una orden de mal gusto. En contraposición hacían su entrada mujeres lampiñas, de una languidez increíble y estúpida mirada provocadora. Translúcidas de tan blancas, la boca pintada de rojo intenso, hacía que los hombres deliraran como una fruta jugosa donde colocar su humanidad. Los sentidos eran excitados al límite a través de los luminosos, despidiendo aromas afrodisíacos, y sonidos subliminales. Todo este festín, agregados los roces electrónicos entre los coches y los piquetes de los enganches, le pegaron  en el estómago. No podía acostumbrarse a la contaminación sonora. Se colocó sus protectores auditivos y visuales. Era una experiencia distinta, el hueco de los luminosos, ahora grises se multiplicaba en la calle como nichos de muerte. Mientras en las pequeñas aceras, la especie humana, como una masa silenciosa, discurría su vida conectada a mundos mediáticos…
Recorrió un trecho antes de llamar desde el teclado incrustado en su brazo a Tjor, su gemelo, reconocido por su musculatura y una voz profunda. Tjor estaba embarcado en un proyecto de robo de tecnología industrial del futuro. Quedaron de verse en el bar de siempre. Había salido hacía unos días de una misión y no se encontraba muy bien. Andaba errático, malhumorado, irritable, pero aceptó verse con él. Desactivó su bloqueo sonoro y visual ya que dentro del bar no era necesario. Además, el ambiente era un antro en el que Drive se sentía muy a gusto. Fumadores de distintas hierbas se aislaban en cubículos de vidrio con una boca que se abría hacia el techo a cielo abierto. Parecían inmersos en nubes, conversando animadamente, absorbiendo cada uno su propia medicina. Marihuana,  Fenciclidina, Éxtasis, Mescalina, Lsd se visualizaba en la puerta de cada elemento aislante.
Tjor se sentó a su lado en la barra de madera protegida por un polímero sintético, lo miró a través de la franja espejada detrás del barman.  
            -¿Cómo te sientes? –preguntó Drive
            -Como si me hubieran incrustado agujas en el cerebro –contestó Tjor y ¿tu? Supe que estabas en laboratorio de diseño.
            -¡Eufórico! como si hubiera ingerido una gran dosis de droga alucinógena.
            -Es natural, después de la “puesta a punto” –contestó Tjor sin mirarlo.
            -Sí, no me acostumbro –dijo Drive a la vez que un golpe de imágenes lo asaltó. Se sintió flotar y reconoció la tarde de un día cualquiera en un pueblo cualquiera. Recordó la cara ingenua de una adolescente y el fervor de las hormonas fluyendo a borbotones, derramándose en el interior de un coche, mientras un atardecer rojo furioso lograba insertarse entre sus ojos hasta desaparecer. –Tengo recuerdos- agregó.
            -Yo también, pero los míos son con las malditas placas cerámicas superconductoras industriales, me transportan a una experiencia virtual, donde los sentidos están alterados en forma sintética.
            -Mis recuerdos están mezclados no los reconozco –dijo Drive dubitativo- de una invasión alienígena…-agregó.
            -Me encuentro con una maquinaria extraña que me recorre con sus garfios fríos y metálicos, hasta que comienza a incrustarme en la carne, agujas y es cuando el grito me traslada de nuevo a mi punto de origen –dice Tjor.
            -Los alienígenas son seres de aspecto terrorífico, sin ojos, con grandes garras y una cola como pivote. Con una descarga eléctrica de esa cola puede quemarte las entrañas. No tienen piel como la nuestra, son como escamas que forman una capa protectora. Las escamas se comportan de forma increíble ante un láser, se funden, se aglomeran en colonias –siguió Drive en soliloquio.
            -La experiencia me resulta excitante,  entonces mi curiosidad me lleva a utilizar otra vez las malditas placas; pero en la última incursión, la máquina me plantó órganos y dispositivos electrónicos, transformándome en un miserable cybor, híbrido con poderes especiales. No puedo hacer más una vida normal Drive…los dispositivos son muy adelantados para la época en que vivimos y tengo un conflicto temporal que no puedo resolver.
            -Puede que en algún momento te alcance una actualización de diseño de las placas.
            -los órganos implantados son como carbones, no funcionan en este ambiente. En algunos espacios cuánticos se pueden ajustar, pero…
            -Los alienígenas –continúa Drive retomando su pensamiento- se reproducen a través de huevos ciliados y una campana que utilizan para trasladarse como un gran pulmón que los impulsa –sigue, cada vez más animado-. Quiere escupir todo aquello, sacárselo de encima.
            -Pueden ser imágenes basura –acota Tjor, sin interés, bebiendo su copa verde humeante.
            -El pulmón impulsor se transforma luego en cerebro, los cilios en prolongaciones eléctricas que terminan en su cola y el huevo es el cuerpo, su transformación es tan rápida que no me deja lugar a dudas que son colonizadores.
            -¿Cuánto tiempo hace que estás con los diseños de materiales? –Pregunta Tjor. Me han comentado que los recuerdos que insertan las máquinas son aleatorios, puede que ni te pertenezcan, que sean sacados de la base de datos global.
            -Creo que ya es hora de retirarme, me ha quedado demasiada basura sin barrer. Los autómatas no están haciendo bien su trabajo. Además, me han instalado la actualización RB5 y me han dado un instructivo por si me asalta la idea de auto- eliminarme. Drive apuró su trago azul, donde se manifestaban imágenes de galaxias.
            -Nunca estuve con los diseños de materiales, lo que te puedo decir es que estos          viajes hacia el futuro me están contaminando. Tal vez me encuentre con tus alienígenas –bromeó Tjor.
Siguieron un rato más vaciándose de fantasmas, uno eufórico, otro deprimido; habían nacido de ambientes incubados, fecundados por un mismo cigoto, por lo que todos esos recuerdos, sin duda no les pertenecían. ¿O sí? Se reconocían idénticos, pero no se sabían hermanos. Luego, se fueron cada uno por su lado, sin saludarse, tal vez se encontraran otra vez, tal vez no.
Al ingresar a su vivienda, y pasar por el reconocimiento facial, se encendieron automáticamente en las paredes, avisos de productos salidos al mercado en las últimas horas. Un informante se debatía entre dos noticias: un terremoto que había arrasado las costas de Sudáfrica y una asonada con bombas químicas en Medio Oriente. Ya ni se sabía por qué motivo se enfrentaban en esa zona, pero el conflicto seguía en un interminable y grotesco evento aparatoso. Las grandes potencias se habían retirado de la zona de conflicto hacía ya mucho tiempo, aislándola, pero aún se seguían emitiendo noticias al respecto. Se dirigió directamente a la sala de protección. Era imposible desconectar los elementos electrónicos. Había toda una industria para burlar a las cámaras, a las pantallas, a los micrófonos y autómatas que se habían metido en las casas. Drive, como la mayoría, se había hecho construir un espacio libre de sonidos y de ojos vigilantes. Estaba prohibido salirse del sistema, pero con software que mantenía atento a las cámaras, estaba seguro de tener la tranquilidad que necesitaba. Se había desarrollado una fiebre por verlo todo, por controlar lo que todos hacían: dónde iban, que comían, a qué velocidad debían conducir, si caminaban o corrían, que ropa usaban. La sociedad opresiva no dejaba más que transitar por caminos ilegales. Robos y asesinatos siguieron existiendo, con distintas modalidades y recursos. Sin duda era la adaptación al hábitat la que los mantenía vivos.
En su zona de confort, Drive se preparó algo de comer, envasado como casi todo lo que se consumía. Los alimentos transgénicos dominaban el mercado. Drive había nacido en ese ambiente, no conoció el “natural” que esgrimían los archivos antiguos. Se había discontinuado el software que detectaba la secuencia natural del ADN de los productos, ya no era necesario, la secuencia “implantada” era ahora la “natural”.
Pensó en una mujer y un niño que lo estaban esperando en casa. (Aunque sabía que esos recuerdos no le pertenecían, ya que los había comprado a bajo precio en el mercado negro latinoamericano, se habían transformado en propios). Pronto terminaría el trabajo “extra” por el que había sido contratado por dos años. Era mucho tiempo fuera de casa. Uruguay era un lugar muy lejano a este EURSS, que se había creado luego de la unificación de Estados Unidos y Rusia.
La última vez que vio a Tjor se tambaleaba como ebrio y no lo reconoció. Su rostro era mitad máquina, mitad sintético. Sus manos eran muñones con agujeros, como la boca de una ametralladora.
Después de unos días de descanso, Drive fue llamado nuevamente al centro de diseño. Su implante con una inteligencia superior, fue activado. Esta vez el material a diseñar, era una forma de escudo, como escamas azules que se superponían unas a otras. El proyecto le fue presentado en forma holográfica, querían hacerlo más resistente al que se tenía actualmente, pero Drive, a través de sus visiones y recuerdos implantados ya tenía parte del trabajo desarrollado.    
Un coche lo recogió en la puerta, no había dormido bien la noche anterior. En la grabación de su familia, pasada una y otra vez, había algo distinto. Pensó que la última actualización no era la correcta, porque al terminar de compartir con ellos una mañana de verano en el jardín, junto al lago, como tantas otras veces; se hizo oír de pronto el canto de un pájaro que no había escuchado antes. Era un sonido monótono y repetitivo, pero no desagradable.
Su implante con una inteligencia superior, le fue activado. Esta vez el material a diseñar, era una forma de escudo, como escamas azules que se superponían unas a otras. El proyecto le fue presentado en forma holográfica, querían hacerlo más resistente al que se tenía actualmente, pero Drive, a través de sus visiones y recuerdos implantados ya tenía parte del trabajo desarrollado.
La sesión de diseño fue agotadora, apenas pudo dormir en tres días unos pocos minutos. Los escudos resultaron lo que se esperaba y pasó a la habitación de “puesta a punto”, como siempre, como desde que tenía razón de sí mismo. Solo que esta vez las cucarachas no lograron borrar las fórmulas, las conexiones, los materiales desarrollados seguían en su cabeza luego de que se encontrara debajo de la cama de la casa húmeda de la calle 25 de Mayo 678. Ese siempre había sido su último recuerdo, pero esta vez, todo seguía allí, como seguía en su cabeza el canto del pájaro con su código. Al salir a la calle, no llovía, una niebla era partícipe de su desconcierto. No llamó a Tjor, sabía que sería inútil. Se paseó entre la gente, se dejó arrastrar por la masa babeante que se derretía ante sus visores de colores. Llegó al bar de siempre, pidió su trago azul, como siempre, se detuvo a observar a su alrededor, todo aparentemente seguía allí.
En un momento se le acercó un hombre esmirriado y con lentes casi invisibles, conectado a la red y le extendió un auricular. Se solía compartir todo tipo de información con desconocidos, era natural, la red era muy amplia y libre, así que Drive se colocó el auricular a su oreja derecha y entonces el código del pájaro se hizo sentir, esta vez con más intensidad y se desplegaron ante sus ojos los recuerdos de la última sesión de diseño. Vio cómo los seres ciliados y sin ojos lo manipulaban, lo conectaban a máquinas y tubos que nunca, luego de la “puesta a punto”, había recordado. Eran los seres colonizadores de sus visiones, eran los alienígenas que había visto en sueños, los mismos que necesitaban un escudo más fuerte para sus trajes. Al instante otro hombre, también esmirriado, pero más joven se le colocó a su lado y entre los dos hombres le dijeron: Bienvenido a “Nostromo”, somos la resistencia -agregaron.