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Mostrando entradas de 2015

EL CAMINANTE DIURNO

Mónica Marchesky 
Su próximo destino sería Cassino, Italia, año 2012. Reena, veintisiete años, recolectora de objetos perdidos, devoró el archivo adjunto que le proporcionaba datos sobre la misión. Viajar entre mundos paralelos la hacía sentirse viva. Trabajaba en el “Centro de la Humanidad” desde muy joven. Esta vez tendría que investigar a un caminante diurno que era el protector del sello de San Benedicto. Parecía una rutina sencilla, debía recuperar el objeto y traerlo a casa. Programó la crisálida: Hotel Residence Montecassino, sábado hora 8:00 am. Se materializó; a esa hora había pocas personas en los alrededores, unos muchachos con la resaca del viernes, discutían en la calle. Caminó hacia el interior del Hotel y alquiló una habitación y un coche.

ALIENÍGENAS ANCESTRALES

Cuento publicado en Ruido Blanco 2
Antología de ciencia ficción de autores uruguayos.
Mónica Marchesky
Gregory se sentía angustiado ese día. Los eventos extramaritales lo estaban acosando. Su amante, una joven morena, había empezado a llevar la relación para otro lado. Para el lado que él temía. Las amantes no pueden entrar a cuestionar nada, se decía frente al espejo del baño de la oficina editorial. En ese momento notó el hecho de que hacía algún tiempo que estaba con la morena, pero, había llegado al punto en el tablero del juego que marcaba: Descartar y volver a empezar.
Delgado, cabello castaño y anteojos casi invisibles. Era un sinfín de manías y tics que no podía evitar cada vez que se encontraba a si mismo; una arruguita en la manga, una manchita al lado del botón, verificaba si se había afeitado correctamente, y la barba candado, eso era un capítulo aparte, esa barba era su obra de arte y su mejor objeto de seducción y él lo sabía.

EL BARÓN DE MONTFORT

Cuento publicado en Ruido Blanco 3
Antología de ciencia ficción de autores uruguayos Mónica Marchesky                         


El reloj péndulo del comedor comenzó a marcar las doce, sus campanadas resonaron como todos los días, en aquel vastorecinto. El viejo prestamista dormía su siesta al sol, inmutable; su sordera hacía que se perdiera gran parte de los movimientos de la casa, pero cuando Clohé pasaba como un viento hacia el reloj, el tío Rudy se sobresaltaba y la seguía con la mirada. A pesar de sus nueve años a Clohé le fascinaba el movimiento del péndulo. Pegaba su nariz contra el vidrio y cuando faltaban cuatro campanadas para completar las doce, se tapaba los oídos con las manos, se volteaba de espaldas al reloj y gritaba con un chillido de pájaro hasta que todo quedaba en silencio.